Por Nadav Nishri. Traducción del artículo en hebreo publicado en su sitio principal.
La mediación antes de que un conflicto llegue a los tribunales difiere fundamentalmente de la conciliación, término que utilizo aquí para referirme a la mediación después de la presentación de los escritos procesales. Aunque los métodos de trabajo y la terminología profesional parezcan similares, su significado práctico cambia. La diferencia principal está en el tipo de conversación que tiene lugar.
Una vez presentados los escritos, los abogados que representan a las partes desempeñan un papel activo y significativo. Para mantener la neutralidad, evitar asesorar a las partes y responder a un asesoramiento jurídico que pueda agravar las diferencias, el mediador puede necesitar formas creativas de mantener una conversación jurídica con los abogados. Esta conversación orienta a las partes hacia lo que podría ocurrir si el tribunal resolviera el conflicto. Puede dificultar la negociación colaborativa y la búsqueda de opciones creativas que amplíen las posibilidades de solución.
Según mi experiencia, gran parte de la formación en mediación en Israel se centra en asuntos remitidos por los tribunales, más que en casos que llegan de forma privada. Tanto los cursos básicos como las prácticas en asuntos de menor cuantía suelen trabajar con derivaciones judiciales. Por eso, los mediadores nuevos pueden encontrar especialmente difícil la mediación privada: la conversación puede ser más emocional y más directa que las que conocieron en casos procedentes de los tribunales.
Trabajar antes de la presentación de escritos exige saber afrontar la presión y la ira que surgen con frecuencia en la sala. Las siguientes herramientas pueden resultar familiares para quienes se formaron con casos judiciales, pero adquieren otro significado en la mediación privada.
Explorar las alternativas
En la mediación privada, la conversación sobre alternativas suele surgir alrededor de una afirmación recurrente: «Iré a los tribunales». En muchos casos la considero una amenaza negociadora que no tiene por qué convertirse de inmediato en el centro de la conversación conjunta. Mientras las partes siguen en la sala, continúan participando en el proceso. El mediador debe evitar intentar adivinar si la frase es una táctica o expresa una verdadera pérdida de confianza y el deseo de terminar la mediación.
Yo examinaría el significado de la amenaza, y las propias alternativas, en una conversación privada. Una mediación con emociones intensas y contradictorias puede tener altibajos y momentos de frustración. El cansancio de las partes no debe alarmar al mediador: animarlas y apoyarlas forma parte del trabajo.
Sin embargo, cuando una persona siente que ha agotado su tiempo en mediación y amenaza con presentar una demanda, conviene explorar las alternativas. Pregunte sin criticar qué significaría realmente acudir a los tribunales. No aborde la conversación como si esa persona desconociera las consecuencias. Las preguntas adecuadas pueden ayudarla a examinar de forma más deliberada las ventajas, los inconvenientes y las consecuencias previsibles del litigio, junto con las posibilidades que la mediación aún puede ofrecer a pesar de la dificultad del momento.
Reflejar lo que se ha dicho
El reflejo es una herramienta central de la mediación. Muchos mediadores devuelven a cada participante lo que ha dicho. Yo suelo proponer que sean los propios participantes quienes reflejen las palabras del otro.
Cuando el mediador refleja la posición de una persona, corre el riesgo de hacerlo «demasiado bien». La otra puede sentir que está representando esa posición o incluso que está de acuerdo con ella. Una o ambas partes pueden entonces percibir parcialidad y querer detener el proceso.
Al pedir a un participante que refleje lo que ha dicho el otro, el mediador ofrece a ambos la oportunidad de comprender mejor el mensaje. Quien habló también puede escuchar directamente cómo se recibieron sus palabras.
Reformular
La reformulación es una de las herramientas más importantes del mediador privado. No consiste simplemente en repetir las palabras de una persona. Permite expresar su significado de forma constructiva y positiva, ayudando a ambas partes a ver posibilidades dentro de la situación.
Bien utilizada, transmite un mensaje complejo de una manera que el otro puede comprender. También ayuda a quien habla a entender con más claridad cómo perciben sus palabras los demás.
Hacer preguntas
Un principio conocido de la mediación es hacer preguntas abiertas en lugar de cerradas. Una pregunta cerrada puede reducir la conversación a opciones y posiciones fijas; una abierta permite discutir y explorar. Pero saber formular una pregunta abierta es solo el comienzo. El mediador necesita aprender a utilizar muchas clases de preguntas.
Estas son algunas de las que prefiero:
- Preguntas que imaginan otra realidad. Suponga que hubiera un botón rosa capaz de cambiar la realidad y crear su situación ideal. ¿Lo pulsaría? ¿Cómo sería esa realidad? ¿Estaría la otra persona allí con usted?
- Preguntas que invitan a ampliar. Las preguntas sencillas pueden ayudar a pasar de frases breves y poco claras a una conversación más sustancial, con un significado práctico y concreto.
- Preguntas desde una perspectiva más amplia. Pedir que describan la situación como la vería alguien ajeno, o a vista de pájaro, puede aportar una perspectiva nueva, fresca y quizá más objetiva sobre el desacuerdo.
- Preguntas formuladas por los propios participantes. A veces una persona siente que la otra no responde con claridad y aumenta la desconfianza. Puede ayudar una pregunta claramente formulada por quien busca la respuesta. Dé a esa pregunta un lugar deliberado y una importancia especial en el proceso e invite a la otra persona a responder. Las partes pueden así tratarla con más respeto y convertirla en un eje de la conversación, facilitando una respuesta lo más clara posible.